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3. Las rutas comerciales debían ser protegidas

La conquista de nuevos territorios, como ya se ha mencionado, tenían que tener un rendimiento para que éstas se produjeran. El pago del tributo, por tanto, se convirtió en algo fundamental para soportar la organización política y económica del Imperio. Pero aparte del tributo, existían las rutas comerciales que permitían a los pochtecas realizar el intercambio de bienes suntuosos para las élites del Imperio. Proteger a los pochtecas significaba controlar el territorio por donde transcurrían las rutas comerciales. Dos eran las rutas comerciales más importantes existentes en los tiempos de Motecuhzoma II. La ruta comercial que se dirigía al Golfo de México y que tenía a Xicalanco como destino y la que se dirigía al Pacífico a la localidad del Soconusco. Ambos centros eran un punto básico de intercambio con el mundo Maya y con los pueblos Mesoamericanos situados en Centroamérica. La conquista de los territorios que permitían afianzar y potenciar éstas rutas comerciales había sido la prioridad de los Huey Tlahtoani anteriores a Motecuhzoma II. Este ya no tenía la necesidad de conquistar dichos territorios. No obstante cerca de las rutas comerciales se encontraban señoríos independientes que podían poner en peligro a los pochtecas que usaban dichas rutas. Ese sin duda era un motivo más para intentar acabar con esos señoríos tan incómodos para la salud del Imperio.

Además podemos formular dos hipótesis más, relacionadas con la estructura del estado y el Imperio. Motecuhzoma II a su subida al poder, intenta instaurar lo que se ha dado en llamar una Monarquía Absolutista:

4. El control del Imperio debía recaer en una única y sagrada persona

Fernando de Alva Ixtlilxóchitl en su “Historia de la Nación Chichimeca” comenta que:

“Era tanta y tan insaciable la codicia que el rey Motecuhzoma tenía de mandar y ser señor absoluto, que pareciéndole menos valor tener en el imperio compañeros iguales a él, todo se le iba en maquinar y buscar modos, ardides y trazas para conseguir su intento(...)”

No hace falta descubrir aquí que por una parte Ixtlixóchitl en su crónica no es objetivo y menosprecia la importancia de los Mexica en el devenir de la historia Mesoamericana y por otra, crítica abiertamente a Motecuhzoma II en todo lo que hizo o incluso en lo que dejó de hacer. No obstante, los actos que acomete el emperador Mexica dan algo de legitimidad a sus comentarios, por lo menos en lo referente a la ambición que demostró en ostentar el poder absoluto del Imperio. Motecuhzoma II estaba convencido que no se podía seguir manteniendo la misma estructura política que había existido en el gobierno de los anteriores Huey Tlahtoani. Posiblemente, la extraña muerte de Tizoc que bien pudiera haber sido un magnicidio, le convenció de que se requería una depuración en las personas que detentaban el poder y que además, si en la cima del poder no había una figura única y autoritaria que rigiera los designios de los hombres, todo se vería rápidamente corrompido. Por ello una de las primeras decisiones fue derrocar de sus puestos a todos los oficiales designados por Ahuítzotl. Esta medida sin duda tan impopular, sabía que podía costarle la vida, así que ordenó también que todos los sirvientes del palacio fueran asesinados. De esta manera se aseguraba que éstos no pudieran ser sobornados para conspirar contra él. Sabía que se debía tener un respeto absoluto a la figura del Huey Tlahtoani si quería que sus políticas tuvieran éxito. Y para ello, no solamente se debía concentrar el poder en su persona, si no que ésta debía ser admirada y mejor aún, divinizada. Leyes como las que proclamó prohibiendo mirarle directamente a los ojos son muestras de las nuevas actitudes que buscaba consolidar. Fray Diego Durán en su “Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de Tierra Firme” afirma que:

“Siempre fue Monteçuma muy amigo de que sus cosas fuesen aventajadas y nombradas en todo el mundo, y todo lo que los demás reyes auian hecho, le parecía baladí (...)”

La obediencia hacía él debía ser total y todos, incluidos los pipiltin, debían inclinarse ante su presencia. Nadie podía mirarle directamente a lo ojos ni tan siquiera tocar al emperador. De hecho Ixtlixóchitl cuenta que:

“Cuando Cortés llegó, se apeó del caballo y habiendo hecho una muy gran reverencia y humillación a los reyes, quiso abrazar a Motecuhzoma, aunque no le dejaron (...)”

Cortés efectivamente, intentó en signo de amistad, abrazar al Huey Tlahtoani, pero la corte del emperador Mexica se lo impidió de inmediato, ya que ni siquiera un extranjero tan misterioso como aquel, estaba exento de tener que cumplir con las estrictas leyes que el Huey Tlahtoani había impuesto. Las crónicas dan a entender que el paso definitivo para consolidar el poder, consistía en dar un golpe de estado a la Triple Alianza y concentrar en su sola persona todo el poder del Imperio. Algo que era un hecho de facto aunque no reconocido y en todo caso, formalmente, las tres cabezas del Imperio seguían teniendo voz y voto en las decisiones. Pero la historia ya había de hecho concentrado cada vez más el poder en manos Mexicas y Tezcoco cada vez disponía de menos poder de decisión. En los últimos años de vida del Tlahtoani de Tezcoco, Nezahualpilli, sucede un hecho significativo. Ixtlixóchitl explica que Motecuhzoma había desviado los tributos de algunas de las ciudades alrededor del lago de Tezcoco, de manera que en vez de recibirlo esta ciudad, los estaba recibiendo México-Tenochtitlan. Enfadado por tal hecho, Nezahualpilli envía sus embajadores a recriminar a Motecuhzoma II, a lo que este:

“con gran soberbia y presunción les dijo a sus embajadores que dijesen a su señor, que ya no era el tiempo que solía ser, porque si en los tiempos atrás se gobernaba el imperio por tres cabezas, que ya el presente no se había de gobernar más que por una sola, y que él era el supremos señor de las cosas celestes y terrestres (...)”

Muñoz Camargo cita con respecto del poder que ejercía Tlaxcala en el valle de Puebla-Tlaxcala:

“(...) que su voluntad era destruir Tlaxcala y asolarla, porque no convenía que en el gobierno del mundo hubiese más de una voluntad y mando y un querer, y que, estando Tlaxcala por conquistar, que no se tenía por señor universal del nuevo mundo” 16



16. “Historia de Tlaxcala”. Diego Muñoz Camargo


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